
JUSTICIA DIGITAL —27/11/2009
2009 fue un año difícil para los artistas. La ley de propiedad intelectual se cambió por iniciativa del gobierno, para adaptarla a los tratados de libre comercio, y hubo que hacer grandes esfuerzos para evitar disposiciones que nos perjudicaban.
Además, a final de año, en una ley de fomento a las Pymes, se coló un artículo que desconocía los derechos de los compositores e intérpretes, y que afortunadamente fue vetado por la Presidenta.
Lo que se mueve debajo de estas olas es una polémica que atraviesa actualmente a todo el planeta. Por alguna razón, y en la cultura digital es así, lo que cae en internet pasa a ser en los hechos de dominio público. O sea gratis. Canciones, películas, fotos, libros… circulan por la web y pueden ser bajados o compartidos libremente, sin costo, por cualquier usuario. Esto es un avance fantástico en lo que tiene que ver con acceso a la cultura. Los usuarios están -estamos- felices. Pero los artistas no tanto. Y alguna industria tampoco. En cambio hay nuevas industrias, fabricantes de computadores, empresas de banda ancha, portales, que hacen grandes negocios con la nueva situación.
Crear una canción, escribir un libro, hacer una película… son tareas que demandan talento, oficio y mucho esfuerzo, y a cambio de ello los autores están recibiendo cero pesos. Muchas obras tienen éxito, pero a sus autores no les llega ese éxito. Es decir, los medios tradicionales de recaudación de ingresos han sido superados por la tecnología, y lo único que poseemos finalmente los creadores -la propiedad intelectual- ha pasado a ser de todos.
Las sociedades de gestión colectiva de derechos, que hemos organizado con esfuerzo y que nos protegen, se han vuelto impopulares. Lógicamente, siempre es más atractivo no pagar que pagar. Y la figura de los artistas como cobradores es ingrata. Sin embargo, a nadie le parece ingrato pasar su boleta de honorarios por un trabajo hecho, o extender una boleta de compraventa si tiene un negocio, o exigir su liquidación de sueldo a fin de mes. Es decir que ahora todos pagan y todos cobran, menos los artistas.
Hay quien sostiene que los artistas no existen. Que los derechos de autor son un abuso. Otros nos ven como dinosaurios en vías de extinción. Más allá se nos sugiere que usemos la descarga de nuestras obras en internet para hacernos publicidad y que, si tanto nos gusta la plata, luego podemos organizar un recital en el Estadio Nacional, aunque lo nuestro sea la música de cámara o el dibujo. Todo esto puede sonar muy moderno, pero quienes somos artistas e hijos de artistas vemos que lo que hay son nuevas modalidades de la vieja costumbre de maltratar a los artistas. Doble estándar histórico: hablar muy bien de los artistas, ningunearlos y humillarlos en la práctica.
Nos entusiasma la cultura digital, disfrutamos con internet. Está muy bien que todo fluya y circule, y que cada cual baje lo que quiera y cuando quiera. Pero es preciso encontrar formas de regulación para retribuir o compensar a los creadores, a los que trabajamos haciendo esas obras que constituyen finalmente el 80% de lo que pulula por la web. Tenemos que tratar de explicar nuestros puntos de vista, huir de las simplificaciones, ser firmes y valientes, plantar cara, porque está en juego lo nuestro. Lo moderno, lo digital, no quiere decir que desaparezca la justicia. Lo que merecemos los artistas es -como cualquier persona o grupo- un trato justo. A eso nos vamos a dedicar con fuerza en 2010.
Juan Guillermo Tejeda
Presidente Unión Nacional de Artistas

